Por el Dr. César Lozano:
Por lo visto, no hemos aprendido la lección sobre el daño que ocasionamos al expresar palabras hirientes, que lanzamos como dardos, a las personas que tratamos, a quienes amamos, con quienes convivimos o a quienes dirigimos.
Excusas del por qué nos desesperamos y decimos lo que sentimos, se que hay muchas, pero el daño que ocasionamos al decirlas es enorme. Déjame compartirte algo que me conmovió mucho en estos días:
Conversé con una joven radioescucha, que académicamente le había ido “como en feria”. Calificaciones que distaban mucho de lo que, según palabras de ella, merecía por el tiempo y esfuerzo que había dedicado a estudiar. No entendía por qué no “le entraba” la información a su cabeza. Sentía que tenía una coraza en su cabeza que le impedía aprender. Después agregó: “Mi papá tenía razón. -Un día me dijo: ¡pero qué torpe eres! ¡Pero que bruta eres! ¡No puede ser que no te aprendas nada! ¿Estas descerebrada o qué?”. Me duele cómo una afirmación dicha en un mal momento, puede causar tanto daño a futuro.
Estoy seguro, que esta joven, en aquel tiempo niña, aceptó ese decreto donde se ponía en juego su capacidad de retención y, por venir de la figura paterna, alguien a quien ella ama y respeta, lo tomó como un hecho, casi creo como una orden.
Es fácil imaginar que diferente sería, si ese padre hubiera tenido la paciencia y la prudencia para decir palabras que construyan: “¡yo sé que tu puedes!”. “Tengo Fe en ti”. “No dudes de tu capacidad”. “A veces las cosas no salen bien, pero estoy seguro que te va a ir mejor”. Quienes hayamos tenido la gran fortuna de haber recibido esos estímulos positivos, sabemos lo que ocasionan en nuestro interior.
El poder de las palabras es tremendo y más si vienen de alguien importante para nosotros; alguien que represente una figura significativa en nuestra vida. Cuando herimos con la palabra, estamos cometiendo un daño, el cual es imposible medir; sólo con el tiempo veremos los estragos. Imaginemos la repercusión que puede tener una palabra hiriente de un profesor hacia su alumno. Un decreto que le puede causar grandes daños a futuro y que inclusive le impida desarrollarse adecuadamente.
Utilicemos la palabra para construir no para destruir. Para hacer sentir bien e importante a la gente que nos rodea. Un líder que motiva con la palabra logra muchos más éxitos en su vida por el ambiente de amabilidad y cordialidad que se respira en su entorno.
Las palabras que reconozcan y hagan sentir bien a las personas siempre serán bien recibidas. Un hijo que recibe estímulos verbales positivos, logra más cosas que quien recibe gritos y reclamos. Psicológicamente está comprobado que cuando los padres nos armamos de paciencia y expresamos nuestro descontento con palabras constructivas y positivas, los hijos hacen más lo posible por modificar sus actos.
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Es fácil imaginar que diferente sería, si ese padre hubiera tenido la paciencia y la prudencia para decir palabras que construyan: “¡yo sé que tu puedes!”. “Tengo Fe en ti”. “No dudes de tu capacidad”. “A veces las cosas no salen bien, pero estoy seguro que te va a ir mejor”. Quienes hayamos tenido la gran fortuna de haber recibido esos estímulos positivos, sabemos lo que ocasionan en nuestro interior.
El poder de las palabras es tremendo y más si vienen de alguien importante para nosotros; alguien que represente una figura significativa en nuestra vida. Cuando herimos con la palabra, estamos cometiendo un daño, el cual es imposible medir; sólo con el tiempo veremos los estragos. Imaginemos la repercusión que puede tener una palabra hiriente de un profesor hacia su alumno. Un decreto que le puede causar grandes daños a futuro y que inclusive le impida desarrollarse adecuadamente.
Utilicemos la palabra para construir no para destruir. Para hacer sentir bien e importante a la gente que nos rodea. Un líder que motiva con la palabra logra muchos más éxitos en su vida por el ambiente de amabilidad y cordialidad que se respira en su entorno.
Las palabras que reconozcan y hagan sentir bien a las personas siempre serán bien recibidas. Un hijo que recibe estímulos verbales positivos, logra más cosas que quien recibe gritos y reclamos. Psicológicamente está comprobado que cuando los padres nos armamos de paciencia y expresamos nuestro descontento con palabras constructivas y positivas, los hijos hacen más lo posible por modificar sus actos.
"Hagamos ese gran esfuerzo para hacer que las cosas buenas sucedan. Quiero asegurarte que el esfuerzo valdrá la pena y que las palabras constructivas harán milagros en quien las reciba."


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